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INFORMACIÓN SOBRE LOS PERSONAJES PARA LOS ALUMNOS
Emir-Pedro
https://es.wikipedia.org/wiki/Emirato_de_C%C3%B3rdoba
Califa-Carlos
https://historiaespana.es/edad-media/califato-de-cordoba
Visir-Javier
Campesino como Hammal-José
Soldado árabe-Juan
EL EJÉRCITO Y LA ORGANIZACIÓN DE LA GUERRA
El ejército estuvo formado en la primera época por árabes y beréberes descendientes de los conquistadores, así como por los miembros de los regimientos sirios que habían entrado en la península en el año 741. En el siglo X se llevó a cabo una reforma militar para reducir el poder de esos contingentes, eximiendo a los andalusíes de prestar servicio en el ejército y potenciando el recurso a tribus beréberes y a esclavos. Estos últimos ya habían sido integrados en la guardia palatina omeya, como en el caso de los famosos «mudos» (jurs), así llamados porque eran cautivos que no hablaban árabe. Los esclavos podían ser blancos o negros. El componente beréber fue el predominante durante las épocas almorávide y almohade, aunque siguió habiendo soldados andalusíes, alguno muy renombrado, sobre todo en las tropas fronterizas. Los califas almohades utilizaron también a las tribus árabes de los Banu Sulaym y los Banu Hilal, tribus a las que habían derrotado durante su conquista del norte de África, e incorporaron a su ejército con objeto de reducir su dependencia de las tribus beréberes. Especialmente en época almorávide, se recurrió también a soldados cristianos, reclutados entre aquellos que fueron deportados de al-Ándalus a Marruecos o bien entre los «renegados», cristianos que, por diversas razones se pasaban al lado musulmán (por ejemplo, mesnadas dirigidas por un noble que había caído en desgracia o con motivos de agravio con su rey, como fue el caso de don Álvar Pérez de Castro). El más famoso de los jefes militares cristianos fue el catalán Reverter, quien sirvió a los almorávides. Un fenómeno esporádico fue la toma de armas por parte de la población local. Esto se produjo, por ejemplo, durante el periodo de guerras civiles que acabó con el califato omeya, cuando en 1009 surgió una milicia cordobesa para oponerse a los esclavos amiríes y a los beréberes formada por «pescaderos, carniceros y gente de la misma calaña» (las fuentes árabes no miran con simpatía esta iniciativa). Otros ejemplos remiten a la época de la conquista cristiana de las ciudades andaluzas, cuando, ante el fracaso del ejército profesional los habitantes de las ciudades –como sucedió en Sevilla–, tomaron sin éxito las armas para defenderse.
Los ejércitos andalusíes se componían de infantería y caballería. Esta última tenía mayor eficacia guerrera y mayor prestigio, como se refleja en el hecho de percibir mayor soldada y mayor parte del botín. En la infantería destacaban los cuerpos de los arqueros. Así describe al-Turtushi (siglos XI-XII) la disposición de los distintos cuerpos del ejército: En primer término, los infantes con escudos completos, lanzas largas y dardos agudos y penetrantes. Formaban sus filas y ocupaban sus puestos, apoyando las lanzas en el suelo a sus espaldas, con las puntas enfiladas hacia el enemigo. Ellos se echaban a tierra, hincando cada cual su rodilla izquierda en el suelo, y se ponían ante sí el escudo levantado. Tras ellos se colocan los arqueros escogidos, aquellos cuyas flechas traspasan las cotas de malla, y detrás de éstos la caballería.
Otros componentes del ejército eran los correos, los espías, los responsables del aprovisionamiento y del alojamiento y los encargados de cuidar el armamento y el pago de los salarios. Respecto al número, éste variaba según las épocas, las zonas y el tipo de actividad militar. En la batalla de las Navas de Tolosa, recientes estudios evalúan el ejército almohade entre los veintidós y los treinta mil efectivos, frente a los doce mil del ejército cristiano. Una de las tácticas militares más utilizadas era el «torna-fuye», que consistía en simular una huida ante el enemigo para hacer que éste avanzara y luego envolverle a su espalda. Las batallas campales no eran frecuentes, porque requerían una concentración elevada de tropas difícil de conseguir y entrañaba pérdidas humanas más elevadas que los asedios y las operaciones de destrucción y saqueo. La guerra se convertía normalmente en una actividad de desgaste que se concretaba en una sucesión de operaciones de hostigamiento y, en la medida posible, de cercos de los recintos fortificados en los que se había refugiado el enemigo. Si los atacantes lograban traspasar la muralla, los soldados podían buscar refugio en la alcazaba o ciudadela militar, donde eran capaces de resistir durante largo tiempo. Se utilizaban máquinas de guerra como el almajeneque (trabuquete o fundíbulo) o máquinas lanzadoras de flechas incendiarias. La utilización de armas de fuego está documentaba por vez primera en la Granada nazarí en el siglo XIV.
Los omeyas desarrollaron su flota militar sobre todo en el siglo X para hacer frente a la amenaza fatimí. Aparte del caso del rey de la taifa de Denia Muyáhid, quien reunió una gran flota para conquistar Cerdeña, fueron sobre todo los almohades los que prestaron mayor atención a la necesidad de dominar militarmente en el mar. A partir del siglo XIII, sin embargo, ese dominio había pasado a manos cristianas. La vestimenta militar sufrió cambios según las épocas, las zonas, la procedencia étnica y la función dentro del ejército. El turbante caracterizaba a los soldados árabes y beréberes en la primera época omeya, y después pasó a asociarse especialmente con los beréberes. Los generales suelen ser descritos con relucientes yelmos, como es el caso de al-Muzáffar, el hijo de Almanzor, del que se dice que salió en expedición militar en el año 1007-08 vestido con una coraza de plata con incrustaciones de oro y llevando un yelmo octagonal, terminado en punta, guarnecido de espléndidas perlas y con un rubí de gran precio en el centro. Cuando el califa almohade al-Mansur entró en Sevilla en el año 1190, el desfile militar que tuvo lugar entonces fue recordado por la presencia de un contingente de dromedarios blancos montados por negros que llevaban adargas e iban tocados con capirotes de color obispo, Recemundo (también conocido por su nombre árabe Rabi ibn Zayd), como embajador a Constantinopla. Se tiene noticia asimismo de emisarios judíos, cuya actividad en este sentido seguramente se veía sustentada en sus relaciones comerciales.
Fierro, Maribel. España Musulmana (Spanish Edition). Susaeta. Edición de Kindle.
Campesina como Fátima
Pastor bereber
LIBRO DE TEXTO
Poetisa como Hafsa -Hafssa
Mujer fabricante de babuchas-Alba
LIBRO DE TEXTO
Lubna de Córdoba escriba esclava-Angela
Averroes filósofo
https://es.wikipedia.org/wiki/Averroes
Albucasis cirujano
https://es.wikipedia.org/wiki/Abulcasis
Esclavo-Sergio
LOS ESCLAVOS Y LOS SAQALIBA La esclavitud estaba permitida por la ley religiosa islámica. Los esclavos eran fundamentalmente no musulmanes que habían sido hechos prisioneros durante un conflicto bélico –estando prohibido, al menos en teoría, esclavizar a cautivos musulmanes– o que habían sido comprados. También eran esclavos los hijos de esclavos. Como la conversión al islamismo de un esclavo no musulmán no suponía su libertad –a no ser que su dueño le concediese la manumisión–, podía darse el caso de esclavos nacidos de padres esclavos musulmanes y que, por tanto, eran musulmanes. Los no musulmanes no podían tener esclavos musulmanes, y estaban obligados a emanciparlos o a cederlos a musulmanes.
Desde el punto de vista espiritual, los esclavos musulmanes eran iguales a los musulmanes libres y podían estar seguros de alcanzar la salvación si cumplían con los preceptos religiosos. Desde el punto de vista legal, estaban sujetos a una normativa especial derivada del hecho de que el estatus del esclavo estaba entre el de una persona y el de una cosa, siendo ésta la razón de que pudiese ser comprado y vendido. Además, el amo tenía una serie de derechos sobre las propiedades de sus esclavos. En principio, el esclavo no tenía patrimonio propio, si bien la escuela malikí –la predominante en al-Ándalus– reconocía que el esclavo era dueño de los regalos o legados que recibía, aunque no pudiese disponer de ellos sin el consentimiento del amo. Un esclavo, por tanto, según los malikíes, podía tener legalmente concubinas y conservar lo que poseía tras su emancipación, siempre y cuando su amo estuviese de acuerdo. Los esclavos tenían distintas procedencias étnicas, si bien las fuentes mencionan principalmente dos grupos: los procedentes del África negra y los de los países eslavos. El comercio de esclavos –principal fuente para engrosar el número de esclavos, muy por encima de los prisioneros de guerra– se nutría de una tupida red mercantil que se extendía por África y Asia para adquirir una mercancía humana que podía ser comprada o robada. En África, las luchas internas entre los nativos facilitaban dicho comercio. Gran parte del comercio esclavista se hacía por mar, y Almería era uno de los puertos más importantes. Venecianos y judíos se contaban entre los principales suministradores de esclavos al mundo islámico. Entre los segundos, se menciona a los que operaban desde Verdún (Francia) y estaban especializados en la castración, pues los eunucos eran altamente valorados para cuidar de los harenes. Los esclavos de palacio gozaban de muchos privilegios y, por ejemplo, en época califal, se menciona que los tres y mil pico esclavos del alcázar cordobés consumían diariamente 13.000 libras de carne.
Los esclavos se ocupaban de varios tipos de trabajo. En el mundo islámico no parece haber estado extendida la esclavitud para el trabajo agrícola en grandes propiedades, aunque se conoce algún caso en Iraq durante la época abbasí. Generalmente, los esclavos varones se ocupaban del trabajo doméstico y ayudaban en los negocios y tiendas de sus amos. También se empleaban como soldados, a menudo formando parte de las guardias personales de los soberanos.
El mundo islámico se caracteriza por que fue bastante frecuente que los esclavos llegasen a ser gobernantes. El caso más conocido es el de los mamelucos en Egipto. En al-Ándalus hubo reyes de taifa de origen esclavo palaciego. El número de estos esclavos había aumentado considerablemente durante el siglo X en el entorno de la corte omeya. Muchos de ellos eran de origen eslavo, los así llamados Saqaliba en las fuentes árabes o «esclavones». Utilizados por los califas y por los amiríes para distintas funciones dentro de la administración, estaban por ello en una buena situación para hacerse con el mando cuando se produjo el colapso del gobierno central, como ocurrió en Valencia, Almería y Denia. Fue precisamente en este reino de taifa donde un literato de origen no árabe, Ibn García, escribió una Epístola que se encuadra en el fenómeno conocido como shuubiyya. El término árabe hace referencia a las reivindicaciones culturales y políticas de los musulmanes de origen no árabe, reivindicaciones que surgieron primero en el contexto iranio y se extendieron luego por todo el territorio islámico. En al-Ándalus, la tendencia al igualitarismo entre los musulmanes, fuera cual fuera su origen étnico, no fue unida a una reivindicación de la lengua, cultura y etnicidad autóctonas, como había sucedido en Irán, país que ha logrado conservar su propia lengua –el persa– hasta hoy en día. Ibn García, en su Epístola, se limitó a recoger el repertorio de los méritos de los no árabes y de los vicios de los árabes ya establecidos en la tradición literaria del género. Así, entre los argumentos mencionados por Ibn García se incluyen los siguientes, que contaban ya con innumerables precedentes: si el Profeta apareció entre gente tan despreciable como los árabes ello fue porque a veces del peor material puede salir algo excelente; los árabes descienden de una esclava (Agar, de quien Abraham tuvo a Isma’il), mientras que los no árabes descienden de una mujer libre (Sara, la esposa legal de Abraham).
Fierro, Maribel. España Musulmana (Spanish Edition). Susaeta. Edición de Kindle.
Judía de Al Ándalus-Sara
https://es.wikipedia.org/wiki/Cristianos_y_jud%C3%ADos_en_Al-%C3%81ndalus
Almansur-Alonso
Almanzor es, posiblemente, una de las figuras de la historia de al-Ándalus que ocupa un lugar más destacado en nuestra tradición literaria, pues se han escrito sobre él no sólo obras académicas, sino también novelas. Miembro de una familia árabe yemení originaria de la zona de Algeciras, fue criado en Córdoba, donde su padre estaba al servicio de los omeyas. Gracias al apoyo que le prestó, entre otros, una de las esposas del califa al-Hákam II y madre del príncipe heredero, la vascona Subh (Aurora), Amanzor fue escalando posiciones de poder en la corte omeya hasta ser nombrado chambelán. Tras la muerte de al-Hákam II en el año 976, la minoría de edad de su sucesor Hisham II le permitió convertirse en el gobernante de hecho. Reforzó su legitimidad mediante una práctica incesante de la guerra santa (yihad) contra los cristianos, llevando a cabo un total de cincuenta y dos campañas militares, la más famosa de las cuales fue la que condujo contra Santiago de Compostela. También buscó atraerse el favor de los sabios religiosos mediante la purga de la biblioteca de al-Hákam II. Reprimió con gran dureza cualquier intento de oposición contra él. Así es como describe en sus Memorias Abd Allah, el último rey zirí de Granada, el ascenso de Almazor: A pesar de su condición modesta al comienzo de su carrera; de que no pertenecía a la familia real, lo que le hubiera procurado el poder por herencia; y pese a los pocos recursos materiales de que disponía, logró alcanzar una situación extraordinaria gracias a su astucia y sus dotes para embaucar al populacho, ayudado por su buena estrella … Es indudable que … proclamaba obrar por cuenta del Califa; que le testimoniaba el mayor respeto; que aparentaba estarle sometido y trabajar para la restauración de su poder, y que, adornado del título de hayib [chambelán], llegó a anular a los dignatarios que habían pertenecido a la corte de al-Hákam II e incluso a condenarlos a muerte …. De esta forma alcanzó todas sus esperanzas y llegó al más extremo límite de sus propósitos…. Dios permitió que el poder de [Almanzor] fuese heredado por su hijo, que observó buena conducta y siguió un camino laudable. [Almanzor] atacó muchas veces al enemigo cristiano en su propio territorio, y, en sus días, el islam alcanzó el apogeo de su gloria en al-Ándalus, mientras los cristianos llegaban al colmo de la humillación. Traducción de E. Lévi-Provençal y E. García Gómez
Fierro, Maribel. España Musulmana (Spanish Edition) (p. 45). Susaeta. Edición de Kindle.
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Judio de Al Ándalus
comerciante de especias-Alex
Maestro de la Madrasa-Jorge
LA EDUCACIÓN Y LOS ULEMAS La educación de los andalusíes empezaba generalmente en casa (sobre todo si se pertenecía a un estrato social relativamente elevado), dentro del círculo de los familiares más próximos. Quienes podían permitírselo enviaban a sus hijos a las escuelas de primeras letras, en las que se enseñaba el Corán. Por algunos tratados en los que se establecen las normas que deben seguir los maestros de estas escuelas, sabemos que estaba permitido el castigo físico siempre y cuando el padre hubiera dado su permiso. Sólo unos pocos continuaban los estudios en unos niveles superiores. Se prefería sobre todo la formación en las ciencias religiosas, ya que ello permitía asegurarse unos ingresos como notario, jurista o alfaquí, lector del Corán o maestro de esas mismas ciencias. Ibn Hazm La suma total de las obras que compuso sobre derecho, tradiciones, fundamentos jurídicos, historia de sectas y religiones, y otras materias históricas, genealogía, libros de literatura y obras de polémica contra sus adversarios alcanzaba cerca de 400 tomos, con un contenido aproximado de 80.000 folios. Y ésa es cosa que no sabemos de ningún otro autor de los que han existido, antes de Ibn Hazm, en todos los siglos del islam, si no es el del Tabarí, el autor más fecundo de todos los musulmanes.
Miguel Asín Palacios
El polígrafo cordobés Ibn Hazm pertenecía a una familia acomodada bien integrada en la administración omeya. En el retrato que hacen las fuentes árabes de él se destaca de manera especial su fértil pluma (véase el texto en el recuadro de arriba). Contrariamente a Ibn Hazm, el valenciano Ibn al-Ni’ma no tenía antecedentes familiares en el mundo del saber, pero entró a formar parte de él por su propio esfuerzo y méritos. El padre de Ibn al-Ni’ma le envió un día a hacer un recado, pero se retrasó a la hora de volver. Su padre salió a buscarle y lo encontró en el círculo de estudios de un reputado maestro, Abu Muhammad ibn al-Sid, escuchando lo que allí se enseñaba. Se lo llevó de allí para que se ocupase del asunto que le había encargado, pero nuevamente se retrasó, tardando todavía más que la vez anterior. Lo volvió a encontrar en el mismo sitio y le reprendió severamente. En ese momento, pasó por allí el tío paterno de Ibn al-Ni’ma, que era un comerciante acomodado. Preguntó qué pasaba y su hermano le describió la conducta, para él reprensible y no beneficiosa, del joven, indicando lo descabellada que le parecía la posibilidad de que su hijo pudiese convertirse en ulema. Pero el tío le preguntó a su sobrino por sus intereses y cuando vio que se sentía atraído por el estudio le pidió a su hermano que lo dejase bajo su cuidado. Así se hizo, e Ibn al-Ni’ma quedó en manos de su tío, quien le dejó que se dedicase a estudiar, si bien esa formación le resultó difícil, llegando a desesperarse por lo mucho que le costaba y a sufrir ataques de ansiedad. Luego Dios le concedió la gracia de conseguir lo que deseaba. Las relaciones con el tío, a pesar de la ayuda prestada, acabaron mal, pues éste era bebedor de vino. Un día que fue a verle y no le encontró en casa, Ibn al-Ni’ma rompió todos los recipientes y vasijas que tenía para la bebida. Se marchó a continuación en viaje de estudios y estuvo ausente cerca de diez meses. Cuando volvió a Valencia, se puso a enseñar en un sector de la mezquita, cerca del círculo de estudios de Abu Muhammad ibn al-Sid, que era el que había despertado sus ansias de saber.
La oralidad era la característica principal del sistema de enseñanza islámico, a pesar de la relativa abundancia de libros. No bastaba con leer determinadas obras; lo importante era tener contacto directo con los maestros más destacados en la disciplina a la que uno quería dedicarse. La enseñanza en las sociedades islámicas, en efecto, giraba en torno a la relación personal entre maestro y discípulo, y el lugar concreto en el que tenía lugar la enseñanza era secundario, aunque esta situación general se modificó, si bien sólo en parte, con la aparición de las madrasas o centros de enseñanza constituidos como tales, bien por fundación oficial, bien por institución privada. Las madrasas, en cualquier caso, fueron prácticamente inexistentes en al-Ándalus. La única digna de ser reseñada fue una construcción oficial nazarí en la Granada del siglo XIV. Hubo, en cambio, excelentes bibliotecas reunidas tanto por gobernantes como por particulares. La posesión de libros por particulares no dejaba de ser, de todas maneras, excepcional, especialmente en los primeros siglos, ya que se necesitaba un alto nivel adquisitivo. El deseo de acceder al contenido de una obra religiosa por parte de quien no disponía de los medios económicos necesarios podía verse satisfecho gracias a que era frecuente que se apartaran libros para consulta de los pobres.
EL VIAJE DE ESTUDIOS Una famosa tradición del Profeta afirma que hay que ir en busca del saber, llegando incluso hasta China si fuera necesario. Los andalusíes respondieron al espíritu de esta tradición. Aunque pocos llegaron hasta China, muchos viajaron a las tierras centrales del islam, especialmente a los grandes centros intelectuales como Qayrawan, Damasco, Bagdad, Jerusalén, La Meca y Medina. Muchos aprovecharon el viaje de estudios para cumplir al mismo tiempo con el precepto de la peregrinación mayor. Aunque algunos pudieron pagarse el desplazamiento gracias a la fortuna propia o familiar, otros combinaron el viaje de estudios con la práctica del comercio. Y otros tuvieron que ganarse la vida para poder pagarse los estudios, como en el caso de al-Bayi, quien compuso poemas a cambio de dinero y se empleó luego como vigilante nocturno. Los viajeros andalusíes se esforzaron por aprender con el mayor número posible de maestros, ya que a su regreso esta diversidad haría aumentar su prestigio y su reputación. También procuraron adquirir, en la medida de sus posibilidades, libros que no circulasen en al-Ándalus, pues su enseñanza les reportaría beneficios. De alguno se cuenta que el naufragio del barco en el que regresaba le hizo perder esos libros y las notas tan cuidadosamente tomadas en las clases de sus maestros. A partir del siglo XII, los viajeros andalusíes tuvieron ocasión de seguir cursos en las madrasas que, desde Irán, se difundieron por todo el orbe islámico como centros de enseñanza superior. Allí estudiaron ciencias coránicas, de la Tradición del Profeta, derecho, gramática y, a veces, también ciencias racionales, como la medicina, la astronomía y las matemáticas.
No todos volvieron a al-Ándalus. Algunos encontraron la muerte por enfermedad o por la inestabilidad política del momento. Otros se instalaron en alguno de los países que habían visitado, bien por seguir aprovechando las enseñanzas de algún maestro, bien por haber contraído matrimonio o por haber encontrado trabajo ellos mismos como maestros o cadíes. El número de ulemas andalusíes establecidos en el norte de África, Egipto, Siria o Iraq aumentó considerablemente cuando la situación política Los estudios de los andalusíes, mientras permanecían dentro de la península ibérica, se realizaban en las mezquitas o en casas particulares. Muchos ulemas se formaron también fuera de al-Ándalus, emprendiendo un viaje de estudios (rihla) a los centros del saber más importantes del mundo islámico. Lo verdaderamente importante para formarse como especialista en las ciencias religiosas era entrar a formar parte de la cadena de transmisión como un eslabón más de la misma. Había que integrarse en una red que dejaba constancia de los vínculos que unían a los maestros entre sí y a éstos con sus discípulos, los cuales se convertían a su vez en maestros de las siguientes generaciones. La transmisión ininterrumpida del conocimiento religioso garantizaba la fiabilidad del mismo.
Fierro, Maribel. España Musulmana (Spanish Edition) . Susaeta. Edición de Kindle.
Fierro, Maribel. España Musulmana (Spanish Edition) (pp. 148-149). Susaeta. Edición de Kindle.
Fierro, Maribel. España Musulmana (Spanish Edition) (p. 148). Susaeta. Edición de Kindle.
Mujer del Zoco-Andrea
La escaña y el mijo constituían la base de la alimentación de los campesinos y de los pobres. El pescado era más propio de la alimentación de las clases bajas –sobre todo las que vivían en poblaciones costeras– que de las altas. El atún y la sardina eran los que más se consumían. Las carnes más apreciadas eran las de cordero, conejo, gallina, perdiz, paloma torcaz, pichón y faisán, si bien la gente humilde consumía sobre todo despojos (riñones, hígado, patas, sesos), salvo en la Fiesta del Sacrificio, cuando se ahorraba para poder sacrificar un cordero. Los frutos secos eran muy habituales y acompañaban a menudo los guisos de carne: almendras, nueces, piñones y ciruelas negras. En al-Ándalus se escribieron tratados de cocina en los que se recoge una rica variedad de platos, reflejo de la tradición culinaria de las clases altas cuya coloratura local es reducida, pues en muchos casos se trataba de recetas procedentes del resto del mundo islámico. Eran platos asociados sobre todo a un ambiente cortesano, pues a los soberanos y a los que los rodeaban les correspondía –por posibilidades económicas y por distinción– una cocina diferente de la que consumía la gran mayoría de la población. Esos tratados culinarios muestran una preocupación por la dietética, de la misma manera que los textos médicos andalusíes se interesan por las dietas más adecuadas para cada enfermedad.
Fierro, Maribel. España Musulmana (Spanish Edition) (p. 139). Susaeta. Edición de Kindle.
Cirujano:

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